Quienes
son lectores habituales de nuestro boletín, sabrán
que nuestra Firma distingue claramente dos tipologías
de competencias: Competencias
Técnicas (conocimientos)
y Competencias Conductuales (comportamientos).
Las competencias técnicas son muy poco controversiales,
es decir, no existe lugar a confusión cuando se desea
medir la presencia de un conocimiento y luego, en función
del resultado, proceder a programar acciones de entrenamiento
para fortalecer dicho conocimiento.
Lastimosamente,
para el caso de las competencias conductuales -entiéndase comportamientos, valores y principios- el panorama
es bastante más borroso, inclusive en ocasiones un tanto
desalentador. Esto se debe fundamentalmente a dos situaciones:
una de ellas tiene su origen en prácticas mal enfocadas
del pasado que por inercia y costumbre nos impiden atender esta
temática de la manera correcta y la otra tiene que ver con
el simple escepticismo respecto a la importancia de las competencias
conductuales en el éxito de las organizaciones. Situación # 1: La Mala Interpretación del
Término “Desempeño”
Resulta que desde
hace muchos años venimos evaluando competencias
conductuales bajo el término “Evaluación del Desempeño”.
La separación técnica entre competencias y desempeño
ya ha sido desarrollada previamente en nuestro artículo “Desempeño
y Desarrollo: Agua y Aceite”, por lo que en esta ocasión
buscaremos ejemplificar cómo esta situación obstaculiza
los procesos de implantación de modelos de evaluación
y desarrollo de competencias conductuales.
La problemática
radica en haber relacionado durante tanto tiempo el término desempeño con
comportamientos y forma de trabajar, lo cual ha creado una barrera
mental entre los jefes y colaboradores de nuestras organizaciones
al momento que se decide procede a medir competencias conductuales
con el propósito genuino de desarrollar conductas.
Los colaboradores suelen mal entender estas mediciones como un
proceso para determinar “quién es bueno y quién
es malo”,
y en el peor de los casos, para determinar “quién se queda
y quién se va”.
Un ejemplo de esta
problemática la encontramos en una organización
de servicios a la cual apoyamos hace unos años en la implantación
de un modelo de gestión de competencias, y específicamente
al momento de proceder con encuestas de 360°. Vale mencionar
que a estas mediciones acostumbramos llamarles “retroalimentación
de 360°” en lugar de “evaluación de 360°” para
no alimentar más la paranoia de estar siendo calificado.
En la mencionada empresa, desde el
inicio encontramos bastante dificultad para promover los conceptos
de la medición de
competencias conductuales. Inclusive, en una ocasión, al
momento de estar entrenando al equipo de implementación
interna (todos miembros de la unidad de recursos humanos), uno
de los técnicos se mostró en contra del proceso,
pues argumentaba que lo que realmente se iba a hacer era una evaluación
del desempeño. Naturalmente, hubo necesidad de retomar desde
el principio los conceptos, pues si los mismos agentes del cambio
eran víctimas de la antes mencionada inercia, estábamos
iniciando con pocas probabilidades de éxito.
Cuando llegó el momento para iniciar el proceso de medición,
se realizaron las respectivas sesiones de sensibilización
para todos los integrantes de la organización. En estas
reuniones se enfatizó el propósito de la medición
de competencias conductuales, al mismo tiempo que se insistió fuertemente
que dicho proceso NO se trataba de una evaluación del trabajo,
sino de una identificación de áreas de mejora conductuales
para tomar medidas encaminadas a fortalecer la productividad de
la empresa. No se percibió rechazo o desconfianza hacia
el proceso al momento de realizar las reuniones, quizás
porque eran grupos grandes y había temor de hablar, o porque
no terminaron de entender realmente de qué se trataba todo
el asunto.
Luego de la aplicación de las encuestas y la tabulación
de los resultados, se distribuyeron los informes individuales de
todo el personal mediante reuniones con las jefaturas, entregando
a cada jefe los informes correspondientes a sus colaboradores inmediatos.
En estas reuniones se presentaron las recomendaciones sobre cómo
reunirse con los colaboradores inmediatos a discutir los resultados
de la encuesta y a explorar rutas de mejora. En estas sesiones
se recapituló sobre los conceptos de la medición
de competencias conductuales y se solicitó nuevamente que
no se interpretara como una calificación de la calidad del
trabajo de los colaboradores. Claro, unas semanas más tarde
nos enfrentamos con la triste realidad : una buena parte
de jefes se rehusaba a presentar los resultados a sus colaboradores,
e inclusive, se dieron casos en que claramente fue interpretada
y presentada como una calificación de desempeño.
La evidente conclusión del proceso fue que existía
muy poca madurez por parte de los mandos en la organización
y mucha ignorancia sobre el rol de un líder, al mismo tiempo
que pesó muchísimo el fantasma de la mal entendida
evaluación del desempeño.
Situación # 2: Escepticismo
Respecto al Tema
Es evidente que falta mucho camino
por recorrer para que la mayoría
de los líderes en las organizaciones reconozcan –y sobre
todo, estén convencidos- que las competencias conductuales
son las que definen el éxito o el fracaso de una organización.
Si toda acción que emprende un ser humano está intrínsecamente
afectada por lo que dicha persona cree, considera correcto, acostumbra
o siente comodidad en hacer (aparte de lo que conoce, por supuesto),
es evidente que los resultados que alcance dicha persona estarán
en función de ello.
Son demasiados los líderes que piensan que su trabajo se
reduce a cumplir con un plan anual de trabajo y alcanzar las metas
de su unidad y se olvidan que para ello tienen que desarrollar
y aprovechar las capacidades de sus colaboradores. Esto sólo
se puede lograr si se le dedica tiempo a evaluar estas características
personales y, hasta donde sea posible, fomentarlas y desarrollarlas.
Ese es el verdadero líder, el que una vez se retira de la
organización ha multiplicado su propia capacidad entre aquellos
que formaron parte de su equipo.
Para ejemplificar la problemática que genera la segunda
situación, hacemos referencia a otra organización
que apoyamos recientemente en el tema de gestión de competencias.
Dicha organización cuenta con un equipo realmente comprometido
y competente en términos de gestionar el modelo de competencias
conductuales, sin embargo, en una de las reuniones de seguimiento
expresaron su frustración ante la indiferencia de los líderes
en dicha organización respecto al “coaching” hacia sus colaboradores,
como proceso lógico posterior a una retroalimentación
de 360°. Al preguntarles directamente qué porcentaje
de líderes creían y apoyaban el tema, nos encontramos
nuevamente con la triste realidad : no más de un
15%.
El Líder como Pilar
Indiscutible
El problema, como en la mayoría de temas de gestión
de capital humano, son los líderes. No podemos pensar que
un sistema de gestión de capital humano, por perfecto que
lo creamos ser, reemplazará las cualidades de un líder.
No obstante, para ser justos, tenemos también que cuidarnos
del exceso de complejidad en los sistemas. Para el caso de la medición
de competencias conductuales esto es especialmente cierto. En la
medida que deseamos ser “sofisticados” y utilizar modelos poco
entendibles para la mayoría de jefes, estamos destinados
al fracaso.
Ahora bien, la experiencia
nos dice que la mayoría de jefes
estará renuente a sostener una conversación con sus
colaboradores sobre temas de conducta, pues esto inevitablemente
llevará a cierto enfrentamiento y en muchos casos diferencias
de opinión. No podemos olvidar que estamos tratando con
temas muy apreciativos y de carácter subjetivo. Es ahí donde
reside el principal reto para tratar de cambiar esta triste
realidad. Debemos comenzar por fomentar las competencias
conductuales de los mismos jefes, y en particular, las que se relacionan
con la auto-confianza, impacto, persuasión y autocontrol
(inteligencia emocional). En muchos casos, no existirá otra
salida que el reemplazo del jefe por una persona con las cualidades
antes descritas.
Por el lado de los sistemas, es imperante
buscar metodologías
simples y de fácil aplicación para la medición
y presentación de las brechas de competencias conductuales.
Al mismo tiempo es necesario mantener una campaña incesante
para dejar clara la diferencia entre conductas y desempeño.
Las conductas conllevan hacia el desarrollo y el desempeño
desemboca en méritos e incentivos. Esto último tomará aun
bastante tiempo, pues es un tema que ya está embebido en
la cultura de muchas organizaciones.
Aunque pueda no
parecerlo por el contenido del presente artículo,
si somos muy optimistas sobre el futuro de la medición y
desarrollo de competencias conductuales en la región, pero
también
somos realistas al reconocer que falta aun bastante tiempo para
cambiar de manera significativa y generalizada nuestra presente
y triste
realidad. Ing. Juan Fernando Varela
Gerente General
DESISA Consultores

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